Desayunamos y nos pusimos manos a la obra con el almacén del botiquín.
No os podéis ni imaginar los miles de medicinas, jeringuillas, agujas y utensilios varios específicos , colocados de aquella manera, desparramados, caducados y todo ello , aderezado con arañas y bichos y excrementos de rata y de murciélago. Sin contar con que Catalina y el gato negro, duermen allí y gracias a ellos no tenemos ni ratas ni murciélagos vivos, pero si sus orines amarillentos.
Al principio, era desesperante , ya que no sabíamos muy bien como colocar aquel maremagnum de cosas, con cierto orden. Así que sin pensarlo dos veces, empezamos a coger cada caja , mirarla, anotar lo que era, su fecha de caducidad y su uso. Estuvimos un rato y después nos pusimos a hacer la comida.
Preparamos unas lentejas castellanas y carne añeja , super-añeja de vaca, al vino blanco francés. Lo del vino, fue porque no se nos ocurría hacer salsa con los ingredientes que teníamos y echamos mano de ello para darle un toque especial. Mientras cocían ambos guisos, estuvimos tocando la flauta y haciendo percusiones en la encimera y nevera. Los comensales, no protestaron, lo cual significaba que la comida no estaba del todo mal.
Al entrar, fue como si nos trasladásemos a otro mundo, a otra época. Las chozas, llamadas bafas, son de barro y ramas. No había tantos animales como en Kamabai, tan sólo gallinas y alguna cabra. La gente, salía amablemente a nuestro paso, y se mostraron muy cercanos, aunque con cierta distancia.
Como se nos hacía tarde, ya que la hora de la cena es a las 7.30, emprendimos el viaje de vuelta.
Tuvimos una intensa conversación sobre la felicidad y la manera de enfocar la ayuda aquí de una manera más efectiva y salieron varias ideas que llevaremos a cabo en estos días. La noche ya había caído, no llevábamos linternas y la luna iluminaba nuestro paso. De repente, algo nos sorprendió. Una diminuta luz, iba y venía, enfrente de nuestros rostros. Antes de comprobar qué era, vimos muchas más, en el camino y alrededores. Estábamos rodeados de luciérnagas. Los tres contemplamos tan atónitos como maravillados aquel espectáculo. Tan sólo la llamada de Juan Jesús , preocupado por nuestra tardanza, nos hizo aterrizar.
Apresuramos nuestro paso y en seguida vimos la valla del kompaun. Granpa, Manuel y Juan Jesús nos esperaban con la mesa preparada. Cenamos, y como viene siendo ya todo un ritual, mantuvimos una interesante sobremesa. En mitad de esta agradable velada, empezó a llover, como aquí sólo lo hace. Litros y litros de agua caían. Es hermoso ver llover acá. Es impresionante ver, cómo después del diluvio no queda ni un pinche charco en el suelo. Sólo el verdor y brillo de los árboles con una suave temperatura, son los indicios de la lluvia que antes hubo.
El día llegaba a su fin y nos recogimos a nuestra habitación a descansar.
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