Después de 15 días no siento el calor, ni la humedad, a veces ni siquiera me doy cuenta de cuando llueve. Marco me dijo que él tardó más o menos el mismo tiempo en aclimatarse a este entorno. La piel está pegajosa, da igual las veces que te duches y la crema que te eches, sudas constantemente y se nota cuando pasas la mano sobre tu brazo. La verdad es que tampoco me doy cuenta cuando sudo, excepto momentos después de haber tragado esa "sopa picosa" que hace Juan Jesús para Father Manuel. Aclimatarse es una sensación extraña. Es como negarse a uno mismo. Estaba convencido de que el calor me anulaba. Tan solo quince días después de haber llegado, se que no es así. Lo mismo pasa con la mente. Creemos que conocemos perfectamente la realidad, al menos, la nuestra propia hasta que ves una que no conocías. En ese momento tus pilares tiemblan. Me encanta sentir que el mundo que tengo idealizado no es así, descubrir el nuevo mundo. Evaluar mis verdades y valores; eliminar las que ya no me valen y coger otras.
Estar aquí me ha hecho ver, entre otras cosas, que las personas pueden vivir y convivir con la vida como abrigo y nada más. Los nativos de Sierra Leona son gentes con cualidades muy en desuso en nuestra sociedad. No son rencorosos. Saben perdonar y perdonarse. Esta diferencia es notable cuando te das cuenta que tan solo siete años después de una guerra sangrienta y fatal que destrozó el país y a sus gentes, nadie habla de ello. Está en su memoria y perdonada por completo. No hay reproche alguno entre ellos. Me he dado cuenta que perdonar no está relacionado con olvidar ni claudicar. Más bien, veo el perdón como una característica de la inteligencia humana que te permite ser consciente de las diferencias que originan un conflicto, su asimilación y posteriormente la sabiduría que a través del perdón, se asegura la supervivencia de las partes. Sierra Leona es pueblo carente de cultura pero con una elevada inteligencia.
Si hay que destacar una característica de los habitantes de Sierra Leona, es su fortaleza. Observando a los niños te das cuenta de ello. Hemos curado heridas y cortes a niños de 10 años que asustaban a todos los blanquitos presentes, mientras ellos sin derramar una lágrima o un gemido, aguantaban el escozor del antiséptico. Bambay de unos 11 años, es capaz de venir andando 3 kilómetros desde su poblado, Kamasay, con una hernia que apenas le deja ponerse erguido sin haber comido en tres días y descalzo. Además, son tranquilos y carentes de cualquier estrés. Si vienen a hablar con cualquiera de nosotros y no estamos, se sientan y esperan sin protestar. Quizás pasa otro lugareño y se sienta al lado de él y se ponen a hablar. Si son niños, saben dónde y dónde no pueden estar esperando. Muchas veces me he acordado, de mis cabreos en una sala de espera del hospital o en el coche esperando a que un semáforo se ponga en verde. En Sierra Leona solo existe un semáfaro en Freetown y no funciona.
Esta manera de ser, se traduce en una tolerancia palpable. Hay Limbas y Mandigos, 6 lenguas distintas y varias religiones diferentes. Viven entre mezclados sin ningún problema. En Occidente esto no es así. No me considero racista ni clasista ni nada relacionado con todo aquello que signifique diferenciación y exclusión de unos hacía otros por cualquier motivo. Pero debo reconocer que comparado con ellos, podría parecerlo. En Sierra Leona, en un mismo núcleo familiar hay musulmanes y católicos. Emparentan Limbas con Mandigos. Muchos de los profesores de las escuelas construídas por la misión (católica) son musulmanes. Algunos de ellos son, incluso, piezas importantes de los proyectos de desarrollo que la misión tiene. Esta convivencia, es ejemplo para sociedades donde tener una la lengua mater distinta o haber nacido en una región específica es motivo de diferenciación y clasificación. Quizás sea mi ilusión por estar aquí, o sea un simple efecto secundario del contínuo consumo de Malarone, pero creo que aquí la gente es feliz. Cuando te cruzas con ellos te saludan con una sonrisa de oreja a oreja, como si ese encuentro fortuito fuera algo especial. Los niños saltan mientras se ríen a carcajadas, con tan solo un calzoncillo medio roto. No digo que no exista el sufrimiento, existe y es mucho mayor que de donde procedo. Pero al igual que ese sufrimiento es mayor, la capacidad para transmitir y sentir alegría es mayor. Por ende, pienso que son felices. Si no lo son, al menos tienen la elegancia suficiente como para que llevando solo un calzoncillo puesto, lo parezcan.
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