Tuesday, July 26, 2011

Día 24: Bambay

        A las 4 de la mañana, me desperté. La inquietud por la vuelta, no me dejaba volver a conciliar el sueño.  Cautelosamente cogí la linterna y desee no encontrarme con un murciélago o un "foroclock". El silencio de la noche me pilló desprevenida y al tiempo noté una suave brisa que corría por una de las ventanas de la salita. Estuve pensando en Bambay. Hacía dos días que vino al compaund, quejándose de un fuerte dolor de estómago. Sollozaba y apenas podía mantenerse en pié. ¿Le abríamos dado la medicación adecuada? ¿Estaría mejor hoy? Le dijimos que volviese el domingo y ver entonces cómo se encontraba.

El niño, apareció después de comer. No se encontraba bien. Llorando nos dijo que seguía sintiendo un dolor muy fuerte en el abdomen. Palpándole el estómago, vi que estaba más hinchado que el día anterior.


        Tras darle la medicación, le sentamos en un pupitre que hay en la entrada del compound. Era preciso que descansase. Fui a la casa de huéspedes a coger pinturas y un par de folios.  Inicialmente pensé qué se hace cuando un niño se pone enfermo. Luego recapacité y me di cuenta de que a Bambay no tenía porqué gustarle pintar, e igual ni siquiera sabía que hacer con los folios. Le dimos agua carbonatada, para intentar rehidratarle, ya que llevaba 3 días sin comer. El niño, se nos quedaba mirando sin atreverse a coger las pinturas, ni mover los folios. Juanan, le trazó la casa donde vive Granpa. Pronto empezó a coger confianza y cogió las pinturas. Al poco tiempo, paró de pintar. Le pregunté que si se sentía mejor y él respondió afirmativamente. Poco a poco, empezamos una curiosa conversación. Había unos trabajadores utilizando una motosierra justo detrás de nosotros. Aún así, instintivamente empezamos a hablar en voz baja. Me contó que iba a Class 5. Su madre había muerto. Vivía con su padre, sus abuelos, dos hermanas y 6 hermanos. Según íbamos hablando, se le notaba más relajado. Tímidamente, sonreía y pude ver en sus ojos, que aunque el dolor no remitía, parecía sentírse un poco mejor. 

Por un momento perdí la noción del tiempo. Marco, apareció con los cascos de la moto y decidimos llevar a Bambay a su casa. Cogimos un balón de los que parecen de reglamento, pero que son de plástico. Lo metimos en la  mochila para llevárselo por sorpresa a  los chicos de su poblado, que previamente nos habían dicho que no tenían.

Arrancamos las motos dejando atrás Kamabai. La polvareda y los baches de la carretera, nos hacían cosquillas. Hacía algo de viento, el cual se agradecía.. Percibiendo todavía aquella descarga de adrenalina, llegamos al poblado.  Bambay nos mostró su bafa. Tras recordarle la medicación, dimos el balón a aquellos muchachos, los cuáles aceptaron sin dejar de sonreir.

Salimos del poblado y decidimos marchar sin rumbo, atravesando los poblados cercanos. De nuevo las cosquillas, el viento, la adrenalina.. libertad… En el trayecto, me asaltaba la idea que posiblemente sería nuestro último paseo en moto.  El paisaje era de película.  Nos adentramos en una especie de valle con grandes montañas verdes, cascadas, rapaces desconocidas sobrevolando.  El color verde aquí es mucho más intenso que el de nuestros bosques.

          Llegamos a Bombam.  Nada más entrar vimos un Toyota como el nuestro.  ¡¡Era el nuestro!!  Medo había ido a llevar unos útiles, ya se iba.  Nos comentó que el camino llegaba un poco más lejos y que a partir de que este fuera más agreste nos diéramos la vuelta o fuéramos a pié.  Después de dar unas cuantas vueltas por el pueblo, no encontramos ningún camino así que emprendimos el viaje de vuelta.  Antes paramos a descansar, a oir el silencio en una 




de las escuelas que la misión ha construído por la zona.  La Escuela de Santa Teresa.  Las vistas conjuntaban todo el paisaje que veíamos a la ida.  


Pronto llegaron dos chavales que nos invitaron muy 


amablemente a bañarnos en el río con ellos.  Curiosa invitación pensé.  Les dimos la cámara de fotos para que nos hicieran una instantánea.  Era la primera vez que sostenían un aparato así en sus manos.  Sus caras mostraban la emoción del momento.  Nos hicieron la foto, y la verdad es que saltándose todos los cánones  de cómo debe encuadrarse una foto, está consiguió captar el momento perfectamente.

Arrancamos las motos y volvimos al compound.  Nuestros cuerpos estaban relajados y satisfechos por el día ya pasado.  Volví a pensar en Bambay, cuando llegaron Ángel y Guillermo.  Mañana se van para España y venían a despedirse.  Cenamos huevos fritos, sopa muy muy picosa, patatas fritas y vino.  Con tristeza intercambiamos nuestras señas y nos fuimos a la cama.

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